Una buena contraseña es larga y única. La longitud cuenta más que los símbolos complicados: una frase de varias palabras suele ser más segura y más fácil de recordar que una palabra corta llena de caracteres especiales. Sobre todo, una contraseña solo debe servir para una cuenta.
Nadie puede recordar decenas de contraseñas únicas. Para eso está un gestor de contraseñas: una caja fuerte protegida por una sola contraseña maestra, que recuerda y rellena las demás por ti.
La doble autenticación añade una segunda prueba además de la contraseña, por ejemplo un código en tu móvil. Aunque te roben la contraseña, en la mayoría de los casos el acceso sigue bloqueado. Actívala primero en tu correo, tu banco, tu web y tus redes sociales.
El error más habitual: activar la doble autenticación sin guardar los códigos de recuperación. El día que cambias o pierdes el móvil, te quedas fuera de tus propias cuentas. Los códigos de recuperación deben guardarse en un lugar seguro, distinto del móvil.
Desconfía también de los mensajes que piden un código o una contraseña, aunque parezcan venir de tu banco o de un servicio conocido. Un servicio serio nunca te pide tu código de doble autenticación por mensaje o por teléfono.