Un buen nombre se dice fácilmente, se escribe sin dudar y se recuerda tras oírlo una sola vez. Haz la prueba del teléfono: si tienes que deletrear tu nombre cada vez que lo das, te costará clientes. Los nombres cortos, de dos o tres sílabas, suelen tener ventaja.
El nombre también tiene que dejar espacio para tu futuro. Un nombre demasiado ligado a un producto concreto o a una ciudad puede resultar incómodo si amplías tu oferta o te mudas. Al revés, un nombre demasiado abstracto exige más esfuerzo para que se entienda a qué te dedicas.
Piensa en la disponibilidad desde el principio. ¿Está libre el dominio? ¿Y las cuentas en redes sociales? Un nombre genial que no está disponible en ningún sitio te obligará a usar variantes poco prácticas. Por eso cada propuesta va acompañada de una primera comprobación.
La trampa más seria es la jurídica. Un nombre ya protegido como marca en tu sector puede acarrearte una petición de cambio, incluso tras meses de actividad. Nuestras comprobaciones son orientativas: antes de registrar tu marca, sigue siendo imprescindible una búsqueda completa de marcas previas en la oficina de tu país o en la oficina europea.
Por último, si trabajas con varios países, comprueba el significado y la pronunciación en los idiomas de tus clientes. Una palabra neutra en un idioma puede ser graciosa o incómoda en otro.