Una buena auditoría no te ahoga en términos técnicos. Dice qué es arriesgado, por qué y qué hay que hacer primero. Si no puedes actuar a partir del informe, no sirve de nada.
En una pequeña empresa, los ataques buscan sobre todo los puntos sencillos: contraseñas reutilizadas, falta de doble autenticación, programas que nunca se actualizan, copias de seguridad inexistentes, e-mails engañosos. Por eso la auditoría empieza por estas bases, que suelen ser las más rentables de corregir.
También hay que mirar lo que se ve desde fuera: tu web, tu dominio, la configuración de tus e-mails. Un correo mal configurado puede permitir que alguien envíe e-mails que parecen tuyos.
Hazte estas preguntas: ¿quién tiene acceso a qué? ¿Qué pasa si mañana te roban el ordenador? ¿A quién llamas si te piratean? Si las respuestas no están claras, la auditoría te ayudará a escribirlas.
Seamos claros: una auditoría, una vez aplicadas sus acciones, reduce claramente los riesgos, pero no los elimina. Ninguna empresa está protegida al 100 %. El objetivo es cerrar las puertas más fáciles y saber qué hacer si ocurre un incidente.